En mi plato descansa el cadáver de la última porción de sandía, fruta de la que me acordé tarde este año, de la cual no debería haberme acordado ya que mis manos están ahora completamente congeladas. Mis pies buscan calor abrazándose entre sí y mi perro, que detesta las bajas temperaturas, está por allá, ocultándose bajo una tonelada de frazadas. En estos tiempos es cuando menos juega y más se esconde. Tiene siempre el hocico húmedo y es eso lo único que asoma entre los orificios que él mismo le realiza a las cobijas. Pero los hace en verano, cuando juega y no huye de nada más que de los gritos furiosos de mamá, quien se queja porque en invierno no hay colchas en buen estado, y yo que me reía, ahora lo lamento porque un pie se sale por ahí y el otro se engancha allá, y la cabeza de Brech -mi mascota- que utiliza esos agujeros como un colgante, termina por arrastrarlo todo hacia el piso dejándome expuesta frente al frío de tal manera que a la mañana siguiente la gripe no me deja despegarme de la cama. No queda otra que hacer abuso del té, como de costumbre. Pero así es el frío, y tengo que aceptarlo con cada virtud y defecto que me traiga porque lo quiero.
Me niego a aceptar el hecho de que aún sea verano, si así puede llamársele, pero faltan pocos días para la llegada de una nueva estación. Yo nací un día después de la primer visita del otoño, mi época favorita del año. Si bien desde mis ocho años hacia atrás mi clima preferido fue el calor, hace casi ocho después, los vientos helados y las hojas anaranjadas han sido por lo que he esperado impacientemente cada año. Cada temporada de nubes llorosas y árboles calvos parece definir mi vida, y yo tan ingenua le creo ciegamente que las cosas seguirán marchando así. Desde que tengo conocimiento que mi vida da giros inesperados durante este periodo. Cuando más pienso tenerlo todo bajo control, todo se me escapa de las manos con más facilidad. Este año no quiero que cosas así ocurran, necesito cambios pero quiero realizarlos por mí misma, por lo tanto tengo cierto temor a que en un abrir y cerrar los ojos se me escape un momento tras otro y otra vez me halle perdida. Ya lo estoy bastante y más cuando tomo conciencia de los cambios. Me aterra como ciertas veces se transforma todo tan ilógicamente.
Antes amaba el verano, hoy necesito de la helada para que combine un poco más con mi forma de ser (no con mi sistema inmunológico al parecer). Pienso en cómo fue mutando mi vida en cada puesta de sol y me asusto, ¿seguirá siendo así por siempre? ¿Y si nunca puedo ser capaz de retener algo? La sensación es algo similar a la de ser destapada por mi perro cuando hace tanto frío, pero multiplicada mil veces. Mucho más dura, sorprendente y dañina.
Como sea, una vez más ando a la espera de un otoño crucial, veremos que me deparan las vueltas de la vida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Todo relato redactado aquí me pertenece (salvo aquel en el que especifique lo contrario). Los hechos y/o personajes pertenecientes a cada uno de los textos son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. Advierto que pueden existir excepciones.
De todas formas interprete las cosas como se le de la gana, ya que a mi nunca me hacen caso y sacan cualquier conclusión.
Cuénteme de usted o hábleme mal.
No más ordenes. Besos, abrazos y patadas.