13 marzo, 2013

Todas tus muecas.



Nunca un lugar tan estrecho y apagado tuvo tanto color. El mismo pasillo que recorrí una y mil veces, en el que no reparé una sola vez, llamó mi atención rápidamente luego de que soltaste esa inmensa carcajada. Era la entretenida música que despedía tu risa, graciosa y contagiosa. Bastante ridícula, pero llamativamente contagiosa. Me detuve para observar, con la intención que no habría tenido jamás, el brillo de tu pelo, ese que hoy juguetea con gracia cada vez que el clima le invita a dar un paseo. De acá para allá, bailando todo el tiempo al compás de la mejor melodía del invierno. La primera vez que te vi y ya te quería para verte todos los días. 
 Cada movimiento rutinario era para mí todo un espectáculo. Me fascinaba ver como al iluminarlo todo con tu sonrisa apagabas los focos de tu mirada. Acciones que te dibujaban inocente, alegre y un misterio. Te miraba, te llenaba de vistazos tontos, inquieta a la espera de una respuesta, de un cruce. Esa oportunidad que siempre encuentran las pupilas, coordinando a cada segundo. Y como si fuera un juego, pasearme el día entero entre tus ojos. La satisfacción de cruzarte tantas veces, de tropezarme entre sonrisas y enredarme entre brazos, versos y besos. Tus labios golpeándose con los míos, en una maniobra atontada y desesperada, devolviéndome el tacto,  la razón, para luego morir en la locura. 
 Logramos apagar el mundo en un abrazo, y desenchufarlo en caricias. Tus manos que dividen el tamaño de las mías, tu voz que me recuerda quien soy. Tus lágrimas que me repiten siempre el porqué de aún permanecer aquí. Saber que mi único objetivo de ahora en adelante es el de ventilar los orificios de tu felicidad, sin pasar de largo ni un colmillo. 

 Nuestras manos cubriéndose del frío, me acuerdo. Escapando de miradas ajenas, de un mundo al que tanto le temía que nos encontrara y nos prohibiera ser lo que tantos desean ser. Que era mío, como los miedos, el egoísmo y las ganas de que me ames para siempre, por el resto de mi vida. 
 Cuando no quería ver, te vi. Y desde ese momento quise ser tu risa, tus ojos, tus palabras. Y quiero. ¿Puedo? 



Son tus carcajadas, son tus pecas, son todas tus muecas. 






Al lector antipático, frío, insensible, indiferente, despechado, malhumorado o al realista, le pido mil disculpas por mi exceso de cursilería y amor, amor, amor. Este no suele ser mi estilo (que mentirosa), me desconozco. Pero cuando alguien le diga que enamorarse le convierte en un perfecto tonto, créale. Pero no le huya a la cosa, que tiene su parte linda. Muchas gracias por prestarme sus ojos un ratito.






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Todo relato redactado aquí me pertenece (salvo aquel en el que especifique lo contrario). Los hechos y/o personajes pertenecientes a cada uno de los textos son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. Advierto que pueden existir excepciones.

De todas formas interprete las cosas como se le de la gana, ya que a mi nunca me hacen caso y sacan cualquier conclusión.

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