16 mayo, 2013

La última vez que vas a verme — Capitulo I


Días libres.


Son las seis de la mañana, me siento tan débil que mi caligrafía es casi inentendible. No sé exactamente donde me encuentro, apenas sé quién soy por no decir que únicamente sé como me llamo, y ni siquiera sé si verdaderamente esto ha de ser así y no es más que un apodo del desgraciado que dice ser mi familia. Soledad, ese es mi nombre, mi posesión, el único tesoro heredado de la persona que me dio la vida, a quien nunca pude verle el rostro, a quien no sé si odio o si fue la única persona por la cual pude haber sido capaz de sentir cariño. No sé si siento rencor por haberse salvado a ella misma y haberme dejado en manos de quien me arruinó completamente o si agradecerle por eso, por haberme abandonado, salvarme de estar al lado de quien sería capaz de abandonar un hijo. Lo triste de no haber querido nacer y de ser creación de un par de tontos que tampoco lo desearon, es sin duda, no saber a quien echarle la culpa. Pero hace mucho dejé de intentar cargarle todo este peso a alguien más. Hace bastante que entendí que acá estoy, viva, y que no puedo hacer nada más al respecto que intentar no sufrir todo el tiempo. Porque ya probé una y mil veces con ser feliz, pero eso no existe, no creo en esas cosas. Pero acá estoy, acá estoy y el enojo que siento en este momento se va a ir cuando me canse de dibujar letras que ni siquiera yo me voy a encargar de volver a leer y que van a terminar por ahí, tiradas por el piso, debajo de la cama… Y acá sigo, acá estoy. Me llamo Soledad, no sé dónde me hallo y ya no son las seis, eso es lo único que sé. Y no es por mí que soy consciente de ello, sino por ese enfermizo tic toc, tic toc, tic... toc, que me recuerda cada segundo que respiro y que me ahogo pero igual respiro. Me termina abofeteando el vacío expulsado a través de aquel suspiro y rápidamente entre mis cosas busco y encuentro. Ayer fueron tres y en este momento voy por la quinta, la pastilla número cinco que me invita a cerrar los ojos y no ser, pero que hoy, y sin consultarme antes, mi cabeza parece haber decidido no hacerle caso por más que yo lo quiera.


Ayer fue mi primer día libre en lo que va de la última media década. Desconozco lo que me aguarda luego de que abra los ojos, aunque a decir verdad tampoco sé si van a cerrarse en algún momento. Lo hagan o no, dudo que sea algo bueno. Nada positivo viene de “ellos”. Y tengo miedo, me tiemblan las piernas, y a pesar de que ya di una y mil vueltas no dejo de sentirme mal. Las nauseas no se me pasan, lo único que corre es el tiempo y ese malito tic toc, tic... toc. Se acerca el momento de volver a lo mismo, pero esta vez va a ser peor, probablemente gane muchas más marcas que de costumbre. Sin embargo, las peores ya no están a la vista y son enormes, así que ya no me importa mucho que otra cosa pueda suceder.

Ya son casi las ocho, ya di demasiadas vueltas. Me recosté pero siguió sin servir de algo. Preparé café, volví a sentarme, seguí dibujando pensamientos en esta hoja que del otro lado esta usada por quien sabe quién, y ahora voy a vestirme, juntaré mis cosas y posiblemente intente lo que me costará la vida, y que va a costarme, estoy segura.

Revolviendo entre los cajones, encontré un teléfono celular que creía haber perdido años atrás. Estaba junto a unas fotos de algunas personas que no recuerdo haber visto jamás. Me preguntaba por qué sonreirían y si luego de aquel flash volverían a fruncir el ceño y a seguir en lo suyo, distantes, amargos, muertos. Estaban todos de traje y corbata, uniforme que me daba jaqueca. Grises y educados, me generaban un profundo asco sin saber por qué. Había un sujeto de mirada penetrante, era el único que no estaba sonriendo. Tenía una expresión fácil de describir, pero lo que causaba en mí era completamente diferente, imposible de poner en palabras. Pude ver a través de sus ojos casi entrecerrados, todo su interior. Lo conocía, aunque nunca lo hubiese visto en mi vida yo sé que lo conocía. Me vi interrumpida por una alarmante puntada en mi cabeza, que luego de tomarme una aspirina me recordó mirar el reloj y volver a la realidad. Tomé lo necesario y me dispuse a marcharme. Las llaves, un encendedor, otra remera y un abrigo por si el invierno venía de una vez a saludarme. Antes de dirigirme a la salida, y sin pensarlo en ningún momento, me volví a recoger la foto, tenía un motivo pero no podía saber cual era. Me coloqué unas gafas tan oscuras que se me dificultaba la visión en tan mal iluminada habitación, terminé por ponerme el abrigo aunque fuera innecesario en este momento, luego la capucha y emprendí un rumbo que aún no había fijado. Al salir al pasillo pude ver que el ascensor se había puesto en marcha hace unos segundos y se acercaba hacia mi punto de encuentro, mis latidos se aceleraron y entendí en ese mismo instante que yo no debía estar ahí. Me puse en marcha y me eché escaleras abajo, mis pies eran veloces, había escapado tantas veces que correr era lo mío, estaba bien entrenada podría decirse. De vez en cuando saltaba más de un escalón, y al llegar al final de estos me topé con unos sujetos que ni alcancé a distinguir, pero posiblemente nunca les habría visto la cara en todo el tiempo que vivía pero que no vivía allí. Planta baja y para mi suerte la puerta estaba siendo abierta por unos individuos de dudosa procedencia. No alcanzaron a saludar y yo ya me hallaba a varias cuadras de distancia, nunca había corrido tan rápido, era casi tan veloz como mis latidos en ese momento. Mi nombre es Soledad, no tengo idea de la hora que sea, pero estoy lejos, muy lejos.



El día se estaba cansando y de a poco iba dándole paso a la noche, era hoy mi segundo día libre, quizás el principio de otros tantos. Ignoraba el lugar en el que estaba, pero sabía que era lo suficiente como para poder estar tranquila al menos por un rato. Me senté en el cordón de una calle con el nombre de algún prócer del que sólo había oído hablar para poder llegar a algún lado, agarré de entre mis cosas el teléfono móvil que había encontrado, lo prendí y sin ninguna esperanza de hallar algo interesante, porque sabía muy bien que no iba a encontrarlo, me propuse de todas maneras buscar quien sabe qué. Mi sorpresa fue cuando frente a mis ojos se reflejaron nombres y números que no recordaba haber agendado jamás. Lo cierto es que ese celular se había mantenido inútil por años ya que nunca necesité de uno debido a que jamás tuve a quien llamar, mandarle un mensaje o simplemente mantener una conversación. Nunca me relacioné de manera cercana con una persona, no porque no quisiera, aunque nunca me interesó demasiado, sino porque nunca me lo permitieron. Tengo una leve memoria de haber tenido una cercanía con un chico a eso de mis diez años, pero la última imagen que tengo de él es la de su sangre esparciéndose por el piso. Muchas veces lo sueño pero ya no recuerdo su voz, ni su rostro, ni siquiera lo que se sentía compartir un rato juntos. Por eso no necesito a nadie, no es necesario volver a presenciar un momento semejante, ser testigo de la agonía de alguien a quien solías prometerle fidelidad, compañerismo, amistad, pero que únicamente te detienes a mirarle fijo a sus ojos mientras volviéndose del color de las nubes pide a gritos que alguien lo ayude en algo que era ya imposible.

En la pantalla se mostraba una larga lista de nombres y apellidos, me detuve apenas unos segundos en seudónimos extraños y siglas inentendibles. El directorio contenía algunos números que no eran pertenecientes a este país, o por lo menos eso parecía. Me dio curiosidad así que rápidamente saqué el cuaderno que llevaba a todas partes siempre que podía y los anoté varias veces en distintas páginas, luego pasé a hacer lo mismo en otros lugares, hasta en partes de mi cuerpo. Por alguna extraña corazonada sentía que debía tener esa información conmigo, y tratándose de mi vida y de todo lo que me rodea sabía perfectamente que era probable que perdiera mis cosas o me las quitaran en cualquier momento. También, pero ahora por puro sentido común, debía deshacerme de ese teléfono. Revisé todo su contenido y no logré hallar nada más. Tomé el chip y lo arrojé por la canaleta de la vereda en la que aún me hallaba sentada. Me levanté decidida a deshacerme igualmente de aquel aparato, pero no pude. Porque a pesar de que no le había dado uso en años, lo poseía desde que tengo memoria y era un regalo de la madre que nunca vi, según quienes decían criarme. No di lugar para cuestionar dichos, quizás nunca llegara a saber la verdad, pero algo me indicaba que debía atesorarlo. Y así fue, me alejé de aquel sitio sin dejar rastro y emprendí una caminata hacia donde creía no habría más miedos. Me equivoqué.



Cuarto y último día libre. Luego de maltratar durante horas mis suelas por calles de asfalto, de tierra, y de charquitos que recuerdan la tormenta devastadora que nos sorprendió a todos esa noche, otra vez he vuelto a mis días. Siete marcas nuevas sin contar aquellas que no alcanzo a ver, pero que siento por allí atrás. Como esperaba no pude correr más rápido que ellos ni ocultarme, y ahora estoy nuevamente escondida por un rato, hasta que llegue mi turno. Por suerte sigue aquí, como lo dejé la última vez, este trozo de papel y este lápiz que ya está algo cansado de pintar y no lo hace con el entusiasmo habitual. Paso a dejar memoria de lo ocurrido en estos días, costumbre que me incentiva a abrir los ojos cada vez que me obligan a ello.

Se oyen pisadas, algunas más sensibles que otras, y ahí aparecen, todos con la misma cara, los mismos ojos, menos uno que presenta una mirada aterradora. Luego de tantos años de un mismo infierno vuelvo a tener miedo. Los otros se van y cierran la puerta, frente a mí el temor de dejar de existir, pero la ansiedad de descubrir que hay más allá de lo que llamamos vida, aunque la desilusión de no comprender quizás jamás que hay tras esas pupilas, si existe un pasado, si se pretende un futuro. Ni un nombre, ni el suyo ni el mío, hoy vuelvo a ser sólo un cuerpo. “Un nuevo cliente” es lo último que oí por horas, y en este momento me dirijo acallada por el frío y la incertidumbre hacia una habitación donde mi rutina me espera para acogerme nuevamente entre las sabanas de la infelicidad y el odio de ser quien nunca elegí ser.

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