16 julio, 2013

Dos gotas de agua suficientes para desatar una tormenta.



Quizás no exista algo más atemorizante que el hecho de que podamos ser tan iguales, pero en el fondo, en ese sitio que jamás invitamos a nadie a descubrir. Tal vez si te enteraras de esto que pienso serías capaz de sonreír y creer que es algo bueno, mientras que yo no hago más que desear que esta similitud no exista, que ninguno de los dos lo haga porque personas como nosotros, con mundos aparte escondidos en lo más recóndito de nuestro pecho, ocultando calamidades incontables y tantos secretos dolorosos, no deberían estar y ser ni dejarse ver por otros ojos.

Ambos fuimos creciendo de la mano bajo el mismo manto de amor y de tortura, siendo los únicos capaces de comprender el cómo y el porqué, sin embargo hoy no hacemos más que dedicar tiempo a destruirnos y alejarnos el uno del otro, rompiendo cada momento con simples palabras que ahora están prohibidas.

Será la sangre que no pudo ser, forzar las cosas de tal manera.
Seremos nosotros, completamente solos.
Solos si nos tenemos porque llegamos a odiarnos.
Solos si no estamos juntos porque únicamente nosotros sabemos que hay en nuestro pecho.
Pero nadie sabe nada.
Porque nadie siente lo mismo que los dos.


Este amor que no puede ser porque nos conozco demasiado bien.


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Todo relato redactado aquí me pertenece (salvo aquel en el que especifique lo contrario). Los hechos y/o personajes pertenecientes a cada uno de los textos son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. Advierto que pueden existir excepciones.

De todas formas interprete las cosas como se le de la gana, ya que a mi nunca me hacen caso y sacan cualquier conclusión.

Cuénteme de usted o hábleme mal.
No más ordenes. Besos, abrazos y patadas.