Nota del autor
Este sueño fue probablemente el más conciso, aunque odie el hecho de tener que explicar lo siguiente siento que hay cosas que debo dejarlas en claro por mero orgullo. La necesidad excesiva de repetir quiénes y cuántos éramos era nada más que eso, algo indispensable, ya que a medida que los fotogramas iban avanzando no dejaban de mencionar cantidad y características. Un esfuerzo notable por despejar dudas y deshacerse de confusiones. Éramos tal número hablando de eso y no de otro cosa, mi cabeza me exigía evadir el desconcierto, por eso no menciono ciertos hechos al desconocer exactitudes.
Tal vez éramos más pero no pude reconocerlos a todos.
Es un grupito de tres o cuatro y a veces varía. Hay días que no somos nosotros y ni siquiera cuantos deberíamos ser. A veces gritamos, giramos, nos quedamos quietos y nos ponemos a llorar diciendo que es por algo mientras miramos en dirección contraria, que es correcta, y correcto no siempre es sinónimo de algo bueno porque sino no lloraríamos, ya que las lágrimas que derrochamos son de las caras y de las que duelen un poco. Aunque a veces varía, todo dependiendo de cuantos seamos, como cuando hay tres, cuatro o cinco y nos vemos en escala de grises.
En ciertas ocasiones somos cuatro y en realidad no nos conocemos, nadie lo hace, aunque pensemos que algunos nombres y un par de datos sobre cómo está el día o cuántos años tenemos es conocerse y quererse. Ninguno de nosotros sabe querer, porque no nos enseñaron la forma correcta, aunque no exista tal, de hacerlo. Ninguno es autodidacta. Sin embargo hay dos que se aman, mal, pero lo hacen, aunque si viene al caso todos de alguna manera logran sentir afecto a pesar de que no siempre sea mutuo y no todos lo sepan.
Hay tres que están muy desechos, casi al borde de borrarse. Está quien escribe su fin de a poco, quien está resignadx pero no quiere estarlo y quien ya no está nunca porque se lo tragó la soledad. Pese a que imaginen lo opuesto entre ellos mismos se potencian y no se sirven más que para hacerse mal.
Hay uno que debería ser el pilar, que se convierte en viga de cartón y que siempre es y termina siendo una esperanza perdida hecha de origami. Y está aquel otro que se cansó de ser columna de cemento y se convirtió en servilleta que vuela constantemente y no por propia decisión, aún más seguido se une a aquellos otros tres pero algo apartado (no nos conoce) porque está hecho de sueños muy diferentes al resto, mucho más fuerte que la soledad, la “no fe” y el vacío. A él se le perdona porque todavía cae de alto, nosotros lo hacemos de poca altura, cada vez de más abajo, nosotros, los que somos tres. Y aquel que es uno y no quiere ser pilar porque no sabe cómo, nadie sabe si tropieza. A veces, cuando son dos, se notan cicatrices y parece que también lo hace, de altura media pero se desploma y por eso no puede ser un cimiento aunque cuando somos tres se necesita que lo sea. Casi nunca somos cinco porque no nos conocemos.
A veces somos tres o cuatro, casi siempre tres que leen gritos y pelean, gastando mucha saliva valiosa hecha de tanto material gélido, en escala de grises como nosotros, triste y venenoso.
Cada vez menos seguido, con poco entusiasmo y sin entendernos del todo.
En ciertas ocasiones somos cuatro y en realidad no nos conocemos, nadie lo hace, aunque pensemos que algunos nombres y un par de datos sobre cómo está el día o cuántos años tenemos es conocerse y quererse. Ninguno de nosotros sabe querer, porque no nos enseñaron la forma correcta, aunque no exista tal, de hacerlo. Ninguno es autodidacta. Sin embargo hay dos que se aman, mal, pero lo hacen, aunque si viene al caso todos de alguna manera logran sentir afecto a pesar de que no siempre sea mutuo y no todos lo sepan.
Hay tres que están muy desechos, casi al borde de borrarse. Está quien escribe su fin de a poco, quien está resignadx pero no quiere estarlo y quien ya no está nunca porque se lo tragó la soledad. Pese a que imaginen lo opuesto entre ellos mismos se potencian y no se sirven más que para hacerse mal.
Hay uno que debería ser el pilar, que se convierte en viga de cartón y que siempre es y termina siendo una esperanza perdida hecha de origami. Y está aquel otro que se cansó de ser columna de cemento y se convirtió en servilleta que vuela constantemente y no por propia decisión, aún más seguido se une a aquellos otros tres pero algo apartado (no nos conoce) porque está hecho de sueños muy diferentes al resto, mucho más fuerte que la soledad, la “no fe” y el vacío. A él se le perdona porque todavía cae de alto, nosotros lo hacemos de poca altura, cada vez de más abajo, nosotros, los que somos tres. Y aquel que es uno y no quiere ser pilar porque no sabe cómo, nadie sabe si tropieza. A veces, cuando son dos, se notan cicatrices y parece que también lo hace, de altura media pero se desploma y por eso no puede ser un cimiento aunque cuando somos tres se necesita que lo sea. Casi nunca somos cinco porque no nos conocemos.
A veces somos tres o cuatro, casi siempre tres que leen gritos y pelean, gastando mucha saliva valiosa hecha de tanto material gélido, en escala de grises como nosotros, triste y venenoso.
Cada vez menos seguido, con poco entusiasmo y sin entendernos del todo.
Sin saber querer
En escala de grises porque no sabemos querer.
Club monocromático, Junio 7.
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Todo relato redactado aquí me pertenece (salvo aquel en el que especifique lo contrario). Los hechos y/o personajes pertenecientes a cada uno de los textos son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. Advierto que pueden existir excepciones.
De todas formas interprete las cosas como se le de la gana, ya que a mi nunca me hacen caso y sacan cualquier conclusión.
Cuénteme de usted o hábleme mal.
No más ordenes. Besos, abrazos y patadas.